Más allá de una solución militar

Por Francisco J. Carrillo, diplomático, vicepresidente de la Academia Europea.
 
La guerra en Iraq, Siria, Líbano, Yemen… ha traído como consecuencia, dejando a un lado los miles de muertos y la barbarie, la desintegración de los Estados-nación. En el Próximo y Medio Oriente prevaleció durante la definición artificial de nuevos países tras la descolonización, las “opciones nacionalistas” basadas en clanes, en tribus, en sociedades pre-estatales; basadas incluso en “opciones nacionalistas religiosas”. El caso más evidente es el Líbano, país en donde la “distribución” del poder, por acuerdos previamente establecidos, viene condicionada por la pertenencia a las grandes corrientes religiosas: el presidente de la República ha de ser de extracción cristiana; el jefe del Gobierno, de extracción musulmana-sunita; el presidente de la Asamblea Nacional, de extracción musulmana-chiíta, que a veces ha alternado con uno de extracción druza. Este aparentemente extraño “equilibrio” se refleja igualmente en el comportamiento electoral para elegir a los diputados y en la composición del gobierno. Sobre todos ellos sobrevuela un “supra-espíritu libanés”, un “supra-nacionalismo” integrado por la diversidad de nacionalismos político-religiosos, cada uno con sus intereses particulares y sus propias alternativas. Esta configuración “constitucional” del Estado libanés es de gran fragilidad, sometida a presiones e influencias regionales e internacionales que inciden irremediablemente en la política nacional: Irán, a través de los chiítas libaneses y de las milicias de Hizbolá; Arabia Saudita y Catar, a través de los sunitas libaneses; y Siria, que sigue manteniendo de forma latente la “Gran Siria” en donde incluiría a Líbano. Los impactos de la guerra en Iraq también inciden en la desestabilización de toda la región. En Líbano, el Patriarca maronita, de obediencia a la Santa Sede, ha representado, hasta ahora, la “mayoría política” del país, ya que así lo es (quizás el nuevo censo traería sorpresas y constataría que ya los cristianos maronitas no son la mayoría), apoyando a la “nación libanesa” y no a la creación de un “Estado maronita”.
 
En Iraq, antes de la guerra, se estimaba en 1.200.000 los iraquís cristianos. Ahora solamente existen 300.000, resultado de persecuciones, acciones genocidas y exilio voluntario por miedo a ser sacrificados. El vacío de poder en Estados desintegrados ha facilitado la reorganización de parte de la población en torno a la alternativa terrorista-yihadista de Daech (el llamado Estado Islámico de Iraq y Siria, por nadie reconocido y contra el que hay una importante ofensiva política y militar internacional). Algún especialista ha llegado a afirmar que la actual persecución contra los cristianos (sean iraquís, sirios, egipcios en Libia, etc.) es mayor que las persecuciones en la época romana. Parecería paradójico, pero no lo es: a pesar de las discrepancias históricas y las numerosas presiones (sobre todo, contra los palestinos cristianos), la población de origen cristiano se siente más protegida en Israel.
 
A veces, en el llamado Occidente, se tiene la impresión que los cristianos que habitan en Iraq, Siria, Irán, Líbano, Turquía, Egipto, Libia… son un manojo de misioneros o de miembros de ONG, lo que es un grave error de apreciación. Son, más bien, nacionales de esos países, son árabe-cristianos o, incluso, israelíes-cristianos que conviven con sus compatriotas árabes-musulmanes o israelíes-judíos.  Muchos de estos cristianos viven en la región (como también es el caso de Etiopía) desde hace dos mil años, ante de la existencia del Islam. Otros habitan esas tierras desde los siglos X y XI; algunos se quedaron tras la descolonización.
 
El “nacionalismo terrorista” de Daech (el llamado Estado Islámico) es radicalmente excluyente de todo lo que tenga connotación cristiana, llegando incluso al exterminio con métodos que nos parecían ya desaparecidos de la historia: degüello, crucifixión, muerte en hogueras, torturas interminables. Para Daech todo lo que sea “Occidente” hay que aniquilarlo y borrarlo del mapa porque su objetivo es la “conquista de Occidente” y la islamización radical. Pero los de Daechtambién consideran enemigos del “verdadero Islam” a los chiítas; por ello, los combaten sin miramientos. Y a los Estados sunitas, corruptos según ellos.
 
La realidad a la que nos referimos no es aceptada por la mayoría de  musulmanes del mundo. Y los Estados árabes y la Liga Árabe han decidido combatirla, junto a países llamados “aliados de Occidente”. Pero con la aniquilación de Daech se resolvería un gran problema pero no todos los problemas. Siria es uno de ellos. Libia, también. No basta con la “solución militar”. Los pueblos de la región tienen que poder acceder a sus propias estructuras democráticas y compartir inevitablemente los valores y los derechos universales, comunes a toda la humanidad. Hay demasiados “nacionalismo excluyentes”, todos ellos en lucha por el poder y por la hegemonía regional. Es uno de los aspectos a modificar, que requerirá muchos esfuerzos “pedagógicos”, educativos y de elevación del nivel cultural.
 
Hay que ir, como objetivo, más allá de los nacionalismos excluyentes. Recuperar el concepto de unidad nacional basado en unos principios de convivencia y de intercambios, reconociendo en el vecino a nuestra propia personal. Recuperar la libertad pública que va estrechamente unida a la libertad religiosa y de creencias. Y pensar más en términos de “ciudadanía unitaria”, a nivel de aldeas, pueblos, ciudades, regiones para cimentar un nuevo concepto de unidad nacional. El cristiano iraquí, el cristiano libanés, el cristiano copto, el cristiano sirio, turco, iraní, palestino… es, ante todo, miembro de pleno derecho de esa “ciudadanía unitaria”. Mientras tanto, hay que protegerlo de la muerte y de la exclusión por todos los medios a nuestro alcance. Que no quede clasificado como “minoría excluida”, futuro objeto de estudio de antropólogos y de excavadores de enterramientos colectivos.
 
Publicado en SUR, 25 febrero 2015

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